domingo, 28 de diciembre de 2008

El ajedrez de Peñalba - Tras las huellas de San Genadio

Es bien sabido que la Península Ibérica fue una de las vías primigenias de penetración del juego del ajedrez en Occidente. Primero a través de Al-Andalus y después, como consecuencia de los intercambios comerciales y culturales, con la mediación de los reinos cristianos.
Aunque se suele señalar la India y el siglo VI como las coordenadas espacio-temporales del origen del ajedrez, la primera referencia explícita a la práctica o conocimiento del juego en Occidente es netamente hispana. Procede de un testamento, fechado en Tuixén, cerca de La Seu d'Urgell, el 28 de julio de 1008, de Armengol, I conde de Urgell, hermano de Ramón Borrell. Dicho conde lega su ajedrez al convento de San Egidio: "...et ad Sancti Aegidici coenobio ipsa schacos ad ipsa opera de Ecclesia". Se cree que este monasterio se corresponde con el de Sant Gilles, cerca de Nimes, posesión de los condados catalanes.
A partir del siglo XI, las referencias a diversos ajedrecistas andalusíes aparecen en los manuscritos árabes hasta llegar a un cierto esplendor literario entre los siglos XII y XIII. Sirva como ejemplo la derrota legendaria de Alfonso VI en un tablero de ajedrez frente a Ibn Ammar, visir de Sevilla, que habría obligado al rey cristiano a retirar sus tropas del cerco de la ciudad.

Es durante el siglo XIII cuando el scacis ludere alcanza la categoría de una ciencia en los reinos hispanos, un arte supremo que ocupa a nobles, clérigos y hasta reyes. Alfonso X el Sabio compila el famoso códice: Juegos diversos de axedrez, dados, y tablas con sus explicaciones, ordenados por mandado del rey don Alonso el Sabio . El preciado manuscrito, hoy en la biblioteca de El Escorial, está fechado, según consta en su explicit, en Sevilla en 1283, un año antes de la muerte del monarca.
De la afición a este juego entre los miembros de la alta nobleza existen algunas referencias en las crónicas medievales. Según se relata en la Crónica de Juan II, el ajedrez sirve como cortina de humo para facilitar la evasión en 1448 del III conde de Benavente de su prisión en el castillo vallisoletano de Portillo, ya que consigue distraer al alcaide jugando con él hasta la llegada de sus partidarios: "é guiólos el portero hasta donde estaba el Conde jugando al axedrez con Diego de Ribera. El Conde había comenzado este juego é lo detenía, porque Diego de Ribera no anduviese por la fortaleza".



Una aportación también hispana, aunque más tardía, ya del siglo XVI, es el tratado de Ruy López de Segura: Libro de la invención liberal y arte del juego del ajedrez, editado en Alcalá en 1561. López, autor de la llamada y empleada todavía hoy "apertura española", se declara en la portada de su tratado "clérigo, vezino de la villa de Çafra" y ello lo confirma Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, donde en la voz Zafra, entre otras cosas, dice: "Otra Zafra hay en Extremadura, donde hubo un muchacho que, siendo de muy poca edad, era tan gran jugador de ajedrez, que todos le reconocían la ventaja, y quedó el nombre del niño de Zafra". Se le consideró el mejor jugador de su época.
La evolución de las reglas del juego de los 64 escaques, de la fisonomía y significado de sus piezas, y de su nomenclatura han sido glosadas en numerosas ocasiones. Hasta mediados del siglo XIII no se enfrentan en los tableros, en un principio de casillas monocromas, piezas blancas y piezas negras, como sucede en el ajedrez contemporáneo, sino piezas blancas y piezas rojas. En el Museo de León se exhibe un magnífico tablero de madera taraceada, con incrustaciones de hueso, procedente del Palacio de los Condes de Luna en León. Su elaboración, en base a los emblemas heráldicos que cobija, debe situarse en el siglo XV.
Entre los ejemplares más lujosos y codiciados estaban aquellos confeccionados por los artesanos musulmanes en cristal de roca y marfil. Las piezas de marfil se coloreaban o se doraban, pigmentos que en la mayor parte de los casos se han acabado perdiendo. Por otra parte el marfil no siempre es estrictamente blanco en su tono natural, depende del veteado original del colmillo, así como de otros factores.
Objetos de marfil bajo todo tipo de formas y tamaños se conservaron en los más selectos tesoros medievales, junto con piezas de orfebrería, piedras y metales preciosos. El marfil era un material tan raro y codiciado como el propio oro o las piedras preciosas. A su carácter excepcional y legendario hay que añadir sus presuntas virtudes medicinales o como talismán, tal y como se describen en diversos tratados.
Los tesoros de las iglesias comienzan a exhibir figuras de ajedrez antes incluso de que la práctica del noble juego estuviera extendida por Occidente. Estas piezas pudieron ser concebidas en algún momento como parte integrante de un juego completo. Pero cuando se atesoran y exponen solemnemente forman ya parte de los relicarios asociados a los cultos más diversos.
La presencia de piezas de ajedrez en los tesoros de iglesias, catedrales y monasterios no es, por tanto, nada extraño en los siglos medievales. Como reliquias eran veneradas en Saint Denis unas piezas de marfil pertenecientes, presuntamente, a Carlomagno. Estas figuras habrían sido un regalo del Califa abasí Harun-el Rachid que reinó en Bagdad (789-809), personaje de leyenda y héroe de varios cuentos de Las mil y una noches.

La piezas de Peñalba han sido atribuidas por la tradición a los objetos y reliquias relacionados con la figura de San Genadio, y "que bien pudieron alcanzarle" en palabras de Gómez Moreno. Según otras opiniones tales piezas corresponderían a una suerte de prácticas adivinatorias llamadas "sortes sacerdotarum" e identifican al dueño de tales con el obispo-abad Salomón, y no con San Genadio. Los devotos las consideraron pertenecientes a un ajedrez, con el que el santo se entretenía en los momentos de ocio, jugando con sus compañeros de retiro espiritual. En la tradición popular fueron conocidas estas piezas como "bolos de San Genadio", pues por su tamaño reducido recordaban al juego tradicional berciano, creyendo que para tal fin eran utilizadas  por los monjes de Peñalba.
En la misma línea del ajedrez de Peñalba están las tres piezas de cristal de roca de San Millán de la Cogolla o las ocho figuras (una torre, dos alfiles, dos caballos y tres peones) del llamado Ajedrez de San Rosendo. Estas últimas fueron primorosamente confeccionadas en cristal de roca fatimí y proceden del "tesoro" de San Miguel de Celanova, hoy en el museo de la Catedral de Orense. Las piezas fueron extraídas, al parecer, del primitivo sepulcro del santo gallego existente en Celanova hasta la segunda mitad del siglo XVII.
Los cuatro marfiles, conservados hoy en una de las sacristías de Peñalaba, pueden ser identificados con un peón, un alfil y dos roques —roto uno de ellos—, que se adornan con tres rayitas paralelas verticales y sendos grupitos de cinco círculos tangentes y radios en las caras superiores. El propio Gómez Moreno hizo a principios del siglo XX una primera descripción las mismas: "Dos son grandes, de caras rectangulares y formando como cóncavo por arriba, como unas supuestas de Carlomagno, y llevan circulitos grabados; las otras dos cilíndricas, rematando en semiesfera, con una o dos protuberancias por un lado y doblando la segunda pieza en tamaño a su compañera".
1. Imágenes: 1. El ajedrez de San Genadio; 2. Libro de los juegos de Alfonso X; 3. Tablero de Ajedrez procedente del palacio de los Condes de Luna (León) [S. XV] y 4. Dibujo y decoración de las piezas según José María Luengo.